“A lo largo de la Orilla Este, desde los desvencijados mataderos de Turtle Bay, como si se tratara de una carrera contra los espectrales vuelos de aeroplanos, los hombres levantan la sede central de la Organización de Naciones Unidas –el mayor de los proyectos arquitectónicos del momento. Nueva York se presta así a acoger en su seno a todos los gobiernos del mundo, y a limpiar del planeta la plaga de la guerra. Nueva York no es una capital –no es capital de nación, ni de estado siquiera. Pero está en camino de convertirse en la capital del mundo” (...)
"A una o dos manzanas al oeste de esta nueva “Ciudad del Hombre” en Turtle Bay hay un viejo árbol que destaca en un pequeño jardín interior. Es un árbol pelado y arrugado, que ha sufrido durante mucho tiempo ya su difícil escalada, con cables de alambre que lo sujetan, pero que lo hacen más querido para quienes lo conocen. De algún modo, simboliza la ciudad: vida en medio de dificultades, crecimiento contra las adversidades, circulación de savia entre el hormigón, en una carrera firme por llegar al Sol. Cada vez que lo miro últimamente, y siento a la vez sobre mí la fría sombra de los aeroplanos, pienso: “Éste podría salvarse, esta cosa en particular, este árbol”. Si él también se fuera, todo desaparecería. Esta ciudad, este perverso y maravilloso monumento humano, del que no poder disfrutar sería algo así como la misma muerte.”
Here is New York by E. B. White, New York, 1949 (traducido por Jorge Latorre, de la tercera edición, The Little Bookroom, New York, 1999, pp. 54-56).